La Historia de esos días

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La historia de esos días

28 de agosto de 2011

El silencio de los feminicidas


Por Humberto Ríos Navarrete
En menos de un mes —el primer caso fue el pasado 28 de julio y el resto en agosto— la Procuraduría General de Justicia del DF ha consignado a cinco presuntos feminicidas, a partir de que entrara en vigor la ley que tipifica ese delito.
 Ilustración: Alfredo San Juan
La autoridad presenta ante los medios informativos al segundo presunto culpable de feminicidio. Fue atrapado por agentes de Investigación mientras identificaba el cadáver de su mujer que en vida, de acuerdo con su testimonio, le había echado en cara su nula virilidad, en contraste con la potencia sexual del amante, quien “la llevaba hasta el cielo”.
Es el 15 de agosto.
Mediodía.
Jesús deja caer sus párpados morenos como cortinas oxidadas. Es una acción momentánea. La repetirá durante lapsos de segundos frente al pelotón de reporteros. Frunce el ceño y abre los ojos. Mira hacia el piso y respira profundo. Por la garganta tropieza una mucosidad acumulada, a punto de salir por las fosas nasales, y vuelve a exhalar.
Tez morena. 28 años. Piocha negra. Cabello corto. Luce una deslavada playera matizada de gris con capucha y letrero blancuzco: Lucky. Los pocos reporteros parecen más bien exudar misericordia antes que curiosidad.
—Si quieres… pero… si de preferencia deseas decirnos algo —se atreve a decir uno de los presentes a este hombre que, según las indagatorias, arrebató la tapa de la olla exprés a su mujer y la golpeó “hasta privarla de la vida”.
Jala aire, una y otra vez, y los hilos de mucosidad producen ruidos que semejan pequeños latigazos en su tórax.
Parece como si los sollozos se mezclaran con flemas y éstas rodaran a gran velocidad por la garganta de este hombre que cometió el delito en su casa de la delegación Milpa Alta y huyó hacia el municipio mexiquense de San Vicente Chicoloapan, desde donde vendría a identificar el cadáver de la mujer, pero fingiendo ser su pariente.
—Comenta —pide la misma voz, una voz piadosa, pero Jesús se niega a levantar la cara y sí, en cambio, infla y desinfla las aletas de su nariz.
Moja sus labios con la lengua y vuelve a jalar aire, y una vez más se oyen esos chasquidos y aquella insistente y tímida voz —“cuéntanos”— de quien quisiera escuchar cualquier palabra de ese hombre, “concubino de la occisa”, quien humedece su boca, sin siquiera saber, o quizá sí, que el delito que cometió es castigado con una penalidad de 60 años de cárcel, como ahora lo establece el Código Penal.
El muchacho hace un gesto de aflicción, arruga la frente y cierra los ojos. Podría decirse que está a punto de llorar y mueve la cabeza en forma negativa ante la demanda de emitir cualquier palabra, tan sólo para el audio, y por primera vez aprieta las mandíbulas y por enésima ocasión respira hondo.
Por un momento sube la mirada, pero vuelve a clavarla al piso, sin chistar, y unas manos lo conducen a la salida del recinto
***
Y ahí estaba el otro presunto, en el mismo lugar que el anterior, pero en fecha distinta, 24 de agosto, ante los representantes de medios de información, cuyo número esta vez era más numeroso.
El compareciente, Josué Alejandro, de 42 años, era sospechoso de matar a golpes a su novia, por lo que, según diagnóstico de la autoridad, reunía las diversas agravantes que lo perfilaban como un caso más de feminicidio.
Moreno, pelo corto, bigotito, mirada al frente y ensimismado, pero sin la catadura de congoja que mostraba el anterior presunto. Éste, en cambio, revelaba un rostro duro. Daba la cara, sí, pero sin posar frente a la andana de relámpagos.
Un camarógrafo ordenó:
—A ver, voltea.
Y más flashes.
—¡A ver, voltea a ver la cámara!
Un estoico Josué.
—¡Voltea a ver la cámara!
Y aquél, serio, mostrando cierta amargura en el rostro, ese rostro tosco, ladeaba un poco la cara; pero en el momento que volvía a su posición original, el ayudante de cámara decidía:
—¡A ver, a ver, voltea, ve la cámara!
Y aquél giraba, pero lento.
Era el mismo hombre que, según las indagatorias realizadas por agentes de Investigación, era presunto culpable de haber asesinado a Socorro, de 41 años, quien trabajaba como niñera en una residencia ubicada en la carretera México-Toluca.
Resulta que el pasado 19 de agosto, agentes de Investigación recibieron una llamada telefónica que informaba sobre una emergencia ocurrida a la altura del kilómetro 27+100 de la carretera federal Toluca-México, por lo que se trasladaron al lugar y encontraron el cadáver de una mujer, Socorro, cuyo cuerpo tenía varias escoriaciones.
Los agentes hicieron varias entrevistas, tanto a familiares como a compañeras de Socorro, a quien la última vez que vieron con vida fue el viernes 19 de agosto, a las 18:00, cuando abordó un Jetta rojo, conducido por un individuo que sólo conocían como “Alejandro”, quien trabajaba en la calle Ahuehuetes, colonia Bosques de Las Lomas, y hacia allá enfilaron.
En ese lugar les detallaron que “Alejandro” había acudido al velorio de “la hoy occisa”. Entonces se dirigieron a la parroquia de María Inmaculada y Santa Ángela de Mérici, colonia Granjas Palo Alto, delegación Cuajimalpa.
Y ahí se encontraba Josué Alejandro, quien relató que Socorro era su amante desde hace cuatro años y que había abortado en dos ocasiones, situación que ella le reprochaba constantemente, además de amenazarlo con afectar a sus hijas, por lo que ese día, a las 20:00, ella bajó del vehículo a realizar sus necesidades fisiológicas y él aprovechó para golpearla con el bastón del volante, al grado de partir este instrumento a la mitad, y que la sujetó de los cabellos y se puso encima de ella y la asfixió, y luego la arrastró hacia la cuneta de la bahía de emergencia.
***
Ese mismo día, el subprocurador de Averiguaciones Previas desconcentradas de la PGJDF, Luis Genaro Vásquez Rodríguez, presentó el caso de Jorge, de 20 años, quien había asesinado a su novia, Diana, de cinco puñaladas en la espalda.
La joven había sido embarazada por el novio, de modo que ella, con el apoyo de su padre, decidió abortar, pero el muchacho acumuló rencor y llegó a la conclusión de que la tenía que asesinar; todo por no haberle pedido su opinión.
“En la investigación, el padre de la muchacha dijo que el novio de su hija era demasiado celoso y problemático, y que no estaba de acuerdo con la relación”, comentó el funcionario.
El día de los hechos, pasada la medianoche del 23 de agosto, Diana recibió una llamada telefónica de Jorge; ella, sin embargo, le dijo que no lo quería volver a ver, pero él insistió encontrarse con ella “por última vez”.
Y así fue.
Y quedaron de verse en su casa, y ahí el muchacho sacó un listón y le dijo que le haría un moño en el cuello. En realidad trató de asfixiarla, pero no le salió como lo había planeado y sacó un cuchillo de su mochila y le asestó cinco piquetes en la espalda y la dejó en el patio tirada y se fue a su domicilio, donde se lavó las manos y se quitó la ropa ensangrentada y ocultó el arma.
La tipificación fue feminicidio, pues, según el funcionario, había una relación entre la víctima y el victimario, así como “las lesiones infamantes y degradantes que se producen en agravio de la víctima”.
Y ahí estaba el joven aniñado, tez blanca, más bien sereno, quien intentaba esquivar los flashes de las cámaras, pues parecían
deslumbrarlo.
—Para acá, para acá.
Y él, manso, obedecía.
Y otra vez aquella voz:
—A ver, voltea a ver la cámara; a ver, voltea a verme; a ver, a ver...

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